“Se me olvidó otra vez”

Por Mariano Petrucci

27 de septiembre 2010

La memoria comienza a fallar desde temprano. En la actualidad, aumentó el número de jóvenes que consultan a los especialistas por este problema. Hay un dato aún más novedoso: el 93% de las causas del mal desempeño mnésico están relacionadas con el estilo de vida que cada uno lleva. ¿Hay solución?
No sabes dónde puse mis anteojos? Me estoy últimamente distrayendo. ¿Será por el reflejo de tus ojos o acaso porque estoy envejeciendo?”, canta el genial Alberto Cortez en Amor, mi gran amor.
Sin embargo, en el contexto actual, el cantautor argentino debería saber que la distracción o el olvido no son propiedades exclusivas de la vejez. Si bien es usual que los pacientes mayores de 65 años hagan una consulta neurológica por falta de memoria, en los últimos años es creciente la preocupación de los adultos jóvenes por este tema.
“Los tiempos acelerados de la cotidianidad, las tendencias sedentarias y las nuevas exigencias sociales y tecnológicas son los principales factores que pueden desembocar en dificultades en la memoria”, explica Adrián Jaime, director de Medical Center Dermoestética & Antiaging. “Los trastornos metabólicos en la función tiroidea, las carencias de vitamina B12 y las anemias también se pueden añadir a la lista, pero representan sólo el siete por ciento de las causas”.
La mala alimentación, el excesivo consumo de alcohol, la falta de sueño y la poca actividad deportiva debilitan las funciones cognitivas. Según María Laura Garau y Miguel Ángel Pagano, neurólogos de la Fundacion Barceló, los jóvenes suelen tener “distracciones” y, por lo tanto, no “fijan” los eventos del día. Muchos de ellos son dispersos, su atención está dividida en varias tareas simultáneamente, y al no poder “focalizar”, les cuesta recordar detalles, nombres, situaciones, etcétera. Para Alejandro Caride, jefe del Servicio de Neurología del Hospital Alemán, esto trae aparejado una sobrecarga mnésica en los circuitos de corta latencia pasibles de modificarse, por el ingreso de situaciones no previstas.
“Sin dudas, el estrés, la depresión y la ansiedad son actores protagónicos que se padecen en la vida moderna”, agrega Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) y del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro. “El estrés, por ejemplo, es la reacción del organismo frente a una situación en que las demandas superan a los recursos que cree poseer el individuo para enfrentarlas –prosigue quien es, además, presidente del grupo de Investigación en Neurología Cognitiva de la Federación Mundial de Neurología–. Si bien niveles moderados de estrés pueden ser estimulantes, niveles demasiado altos o prolongados pueden tener efectos negativos para las funciones cognitivas. El hipocampo, una región fundamental para el correcto funcionamiento de la memoria, es sumamente sensible a los efectos del estrés. Esta estructura cerebral está asociada con la capacidad de lograr y adquirir nuevas memorias y nueva información. Diversos estudios demostraron que períodos prolongados de estrés pueden afectar las conexiones de esta estructura, o incluso atrofiarla, por medio de una exposición excesiva a los glucocorticoides. Así se comprobó que la exposición prolongada a altos niveles de glucocorticoides se asocia con dificultades en la memoria y con un menor volumen del hipocampo”.
Por definición, la memoria es la persistencia del aprendizaje en un estado tal que pueda recuperarse más tarde. El término memoria se refiere a la codificación, almacenamiento y recuperación de la información. “Es el proceso a través del cual las experiencias y habilidades motoras y verbales son conservadas. En el caso de los adultos, los motivos por los que la memoria ‘falla’ son totalmente diferentes a los que acontecen durante la tercera etapa de la vida”, define Marcela Cohen, neuróloga de la Clínica y Maternidad Suizo Argentina.
Desde Medical Center Dermoestética & Antiaging, Jaime comenta que, en la adultez, el 93% de las causas del mal desempeño mnésico están relacionadas con el estilo de vida, y en la tercera edad, el 89% tienen que ver con el deterioro senil del cerebro (insuficiencia en los niveles de neurotransmisores en la efectividad de estos en las sinapsis). Por su parte, Caride acota que, a partir de los 60 años, pueden influir los procesos iniciales de cuadros depresivos reactivos y estrés laboral o familiar (puede coincidir con la jubilación familiar).

Left menu